El agua alta (l´acqua alta)

La primera vez que me topé con la Plaza de San Marcos, la escasa iluminación que suele tener por la noche, se veía amplificada por los reflejos del agua que bañaba algunas losetas del suelo. Aquello no era más que el leve resultado de la marea cumpliendo su función, de subida a aquella hora que dejaba su rastro en esta zona, la más baja de la ciudad y la que antes sufre el acqua alta. Entonces, solamente se trataba de unos pocos charcos aquí y allá que en mi opinión contribuían a mostrar la Plaza más bella aún de lo que ya de por sí es, ofreciéndose esplendorosa a los que por allí paseábamos. Y así era, por supuesto. Venecia está construida en el agua, desafiando a la naturaleza, y paga su precio dejándose bañar por ella cuando las mareas actúan según su ciclo natural.

Sorprendentemente, pues la posibilidad de toparte con ella al viajar en invierno es elevada, tardé 14 años y 9 visitas en vivir una auténtica acqua alta. Durante algunos años, solíamos llegar antes o después de ella y lo único que la presagiaba eran las pasarelas amontonadas en las calles, listas para ser usadas en caso de necesidad. Y, no puedo negarlo, deseaba verla, vivirla y sí, también disfrutarla.

Así que en enero de 2014, todo se conjuró para que yo tuviera mi oportunidad. Llegamos a las 12 de la noche, lloviendo a mares, a la estación de Santa Lucía vía Roma, porque nuestro vuelo, que debería habernos dejado en la ciudad muchas horas antes,  había sido cancelado a última hora. La verdad es que suelo mirar el nivel de la marea en esta página web, pero aquel viaje, imagino que a causa de la cancelación del vuelo y del stress que supuso buscar una alternativa, no lo hice, así que no la vi venir. Tampoco caí en la cuenta cuando durante aquella primera noche, el sonido de las sirenas anunciaba a la ciudad lo que venía. Me limité a escucharlas, agotada como estaba tras un larguísimo día, en mi ensoñación nocturna, sin darle más importancia que la que daría a la alarma disparada de algún edificio cercano o de algún coche en otra ciudad.

Aquella mañana, tras el desayuno, Antonio salió a fumar… pero volvió enseguida: no podía salir a la calle porque estaba inundada. Me sentí feliz, a pesar de que durante los siguientes 4 días no paró de llover y de que cada 12 horas, con la subida de la marea, la ciudad se inundaba y las sirenas avisaban con tiempo de ello. Recuerdo aquel viaje como uno de los mejores, a pesar de toda la incomodidad, la humedad, la lluvia, la dificultad para caminar dentro del agua con las botas puestas, los rodeos que debíamos dar para llegar a algunos sitios y la imposibilidad de llegar hasta otros. No puedo negar lo que disfruté, lo preciosa que me parecía la ciudad y cómo de afortunada me sentía por haberla visto así por fin.

Pero ahora, con el paso del tiempo, he aprendido que la belleza de Venecia es ella misma. Y me siento algo avergonzada. Porque todas esas crecidas que anegan la ciudad, le hacen muchísimo daño, contribuyendo a su deterioro. Ahora la conozco mejor y con ello, o por ello, lo que supone para su continuidad el éxodo de habitantes, la llegada de grandes embarcaciones o la propia agua alta. Porque el agua alta es un desastre para la ciudad, para los venecianos y para el mundo. No tiene nada de Instagrameable, a pesar de que hasta yo misma me dejé llevar por la curiosidad, la ignorancia y el deseo de experimentarlo todo, y “disfruté” de mi agua alta con la pasión con la que todo lo vivo allí.

El acqua alta se refiere a los picos de marea que ocurren periódicamente en la Laguna de Venecia, causando inundaciones, especialmente en Venecia y en la vecina y preciosa ciudad de Chioggia, pero también en el resto del litoral cercano. Este fenómeno es frecuente en otoño y primavera, cuando se combinan el viento Siroco que empuja el agua hacia la costa y la luna llena, provocando inundaciones en la ciudad en mayor o menor medida y en ocasiones, mareas excepcionales como las que han ocurrido estos meses atrás. Lo habréis visto en medios diversos: la ciudad de Venecia ha sufrido, en las últimas semanas, las peores inundaciones desde hace muchos años, de tal alcance que se llegó a declarar la situación de emergencia climática de la ciudad.

Las consecuencias de esas inundaciones han sido bastante dramáticas y las imágenes que he visto me daban ganas de llorar. La peor noche fue la del 12 de noviembre, con una marea de 187 cm (la segunda más alta de la Historia tras la del 4 de noviembre de 1966) y ráfagas de viento de 100 Km por hora que empujaban el mar hacia el interior. Los daños son cuantiosos a simple vista, pero a posteriori, cuando el mar vuelve a su lugar y las aguas desaparecen, queda lo peor, el salitre, que se cuela por todas partes, metiéndose tras los mosaicos de la Basílica de San Marcos, entre los mármoles del Palazzo Ducale, en los comercios históricos o con encanto como la Librería Acqua Alta, por las ranuras de los primi piani de los centenarios edificios…

Y yo me siento impotente e indignada… Porque esto no es solamente causa de la madre naturaleza, ni del cambio climático, que también, pues las inundaciones han existido desde la fundación de la ciudad, recordad que Venecia está “casada” con el mar… no, lo de los últimos años es además y principalmente consecuencia de la intervención humana, de políticos que no saben lo que tienen entre manos y han permitido que los grandes barcos de los cruceros lleguen hasta el corazón de la ciudad.

Existe un gran movimiento que cobra fuerza cada día, que pretende sacar a las grandes naves de la laguna. Esta semana he leído que por fin parece que se han tomado medidas en serio y se están buscando bases alternativas donde estos grandes barcos puedan dejar a los turistas. Ojalá no se quede en una intención más o en otro fracaso como el lamentable sistema MOSE.


Hace unos años, se excavaron algunos canales de la ciudad para aumentar su profundidad y facilitar el paso de los enormes barcos de los cruceros. Estos cruceros sueltan marabuntas de turistas que pasan unas pocas horas en la ciudad (me pregunto cuál es entonces el prometido beneficio que dejan), causan accidentes (dos muy aparatosos en 2019), pero sobre todo, provocan un daño irreparable en el ecosistema de la laguna con sus grandes hélices y las sustancias que sueltan al mar, y lo peor, han modificado el asentamiento de la ciudad contribuyendo de gran manera a las inundaciones actuales.

Es necesario actuar ya, cuidar y conservar el Patrimonio de la ciudad si queremos seguir disfrutando de ella y de sus construcciones centenarias. Cuando oigo aquello de “Venecia se hunde”, me da mucha rabia, pero algo se me rompe por dentro…porque tienen razón.  

La niebla en Venecia

Si viajáis a Venecia en invierno, una de las cosas que os encontrareis con mucha probabilidad es la niebla. 

A mí no me gusta el invierno. Me gusta el calor, el sol y los días largos del verano. El invierno es gris, apenas hay luz, los días son cortos y yo siempre tengo frío. No me gusta nada…excepto en Venecia.

Allí el frío también es húmedo y también se mete en los huesos. Recuerdo un año que éramos incapaces de estar en la calle más de media hora porque hacía un frío terrible. Una ligera brisa traía agua que se nos congelaba en la cara. Nada me hacía entrar en calor.

Pero no me importa. Es Venecia y allí ninguna incomodidad me afecta. Y además, está la niebla.

Os he hablado ya de la luz de la ciudad. De cómo cambia conforme el día avanza. Pues bien, cuando el día sale con niebla, algo altamente probable en los fríos y húmedos días del invierno, la luz es especial. Los edificios, el agua, los puentes, todo tiene otro color, otro matiz, todo se ve con esa pátina húmeda que acaricia la ciudad y la cubre con su manto para hacerla aún más bella y misteriosa.

Aquí en Zaragoza también hay muchas jornadas de niebla en invierno por las características de la ciudad, pero es más densa, más baja, más cerrada. En Venecia, la niebla parece suspendida sobre la laguna, quizá porque las estrechas calles le impiden penetrar hasta los edificios. Si sales al Bacino de San Marcos e intentas vislumbrar San Giorgio o La Salute o la Punta della Dogana, apenas ves más que un leve boceto de ellos. Y a mí me parece preciosa, sí, también así.

Y ahora, imaginadlo de noche…

El Puente Chiodo

Una particularidad de Venecia, es la gran cantidad de puentes que unen entre sí las pequeñas islas que componen el Casco Histórico.

Entre todos esos puentes, uno de mis favoritos es el Ponte Chiodo, en la Fondamenta de San Felice. Es un puente pequeñito, escondido tras la abarrotada Strada Nuova en el sestiere de Cannaregio, sobre el Rio de San Felice. Conecta la Fondamenta del mismo nombre con una casa particular, por lo que es propiedad privada.

Su curiosidad radica en que es el único puente que queda en Venecia sin barandilla. Los puentes en Venecia son unos 445 y,originalmente, todos fueron construidos en piedra y sin las protecciones laterales llamadas spalletti, a excepción de aquellos por los que pasaban las procesiones ducales, que se protegían para seguridad del dux y su comitiva. Esto conllevaba un serio peligro, principalmente en las horas nocturnas, así que en el siglo XIX, por razones de seguridad, se decidió colocar parapetos o barandillas y, solamente dos, han sobrevivido sin ellos: el Ponte Chiodo en Cannaregio y el Ponte del Diavolo, en la isla de Torcello.

Su nombre, Chiodo, proviene de la noble familia veneciana que una vez fue dueña del puente, algo bastante común en la Serenissima y que obligaba a los transeúntes a pagar el pontazgo si querían atravesar el puente en cuestión.

Merece la pena localizarlo en un paseo de camino a la Fondamenta Misericordia, uno de nuestros lugares TOP para tomar un aperitivo a última hora de la tarde, cuando la tenue luz de algún farol lo ilumina y lo envuelve en un halo de misterio.

Y si no estáis muy cansados, en las cercanías, encontraréis la Scuola Grande della Misericordia, una de las obras maestras de Sansovino de la que os hablaré en otra ocasión y la imprescindible Cà D´Oro alla Vedova, cuyas polpetti son una delicia que no debéis dejar de probar.

¿Conocéis este curioso puente? Contadme!

Ciao!

¿Sabéis que el origen de “ciao” es veneciano? Seguro que utilizáis esta palabra a menudo en vuestro día a día. De hecho, es una palabra italiana muy utilizada en todo el mundo, ya que se ha extendido como una forma coloquial de despedirnos de alguien.

Pero lo que quizá no sepáis, es que “ciao” tiene su origen en Venecia. En dialecto veneciano, “s’ciào vostro” equivale a “vuestro servidor” y era utilizado por los esclavos para dirigirse a sus señores.

Más tarde, pasó a utilizarse por el resto de la población sin distinción y, la evolución de la expresión, derivó en el “ciao” que conocemos actualmente.

Lo cierto es que en España y, supongo que también en el resto del mundo, lo utilizamos solamente para decir adiós, pero los italianos lo usan tanto para decir hola, como para despedirse, siempre de manera coloquial y poco formal.

Seguro que si estáis paseando por Venecia, la oiréis un montón de veces. Y es que suena tan alegre… ¿no os parece?